¡Cuidado con añadir escándalo al escándalo!

Nosotros mismos podemos convertirnos en ocasiones de pecado para los no católicos y católicos.

En respondiendo a los escándalos verdaderos en la Iglesia, debemos esforzarnos por evitar contribuir a nuevos escándalos, mediante nuestra forma de hablar y actuar. (CIC 2284-87) Nosotros mismos podemos convertirnos en ocasiones de pecado para los no católicos y católicos, incluidos aquellos que no están bien formados en la fe, que pueden, en parte debido a nuestro testimonio equivocado, dejar de practicar su fe o buscar servir a Dios fuera los límites visibles de la Iglesia. La ira justa es legítima, como dice San Pablo, pero debemos evitar el pecado al expresar esa ira, para que el diablo no magnifique el alcance y el impacto del pecado, como suele hacerlo. (Efesios 4: 26-27)

Los clérigos, especialmente los obispos que traicionan atrozmente sus deberes sagradoscomo padres espirituales y pastores, deben ser destituidos y, en algunos casos, incluso enfrentar cargos criminales. Y, sin embargo, debemos recordar que en estableciendo su Iglesia, Jesucristo la estructuró para que tuviere obispos (sucesores de los apóstoles) y sus colaboradores sacerdotales, como líderes principales para guiar al pueblo de Dios de la Nueva Alianza. (Mt 16: 18-19; 18: 15-18) De hecho, a lo largo de la historia de la salvación, Dios ha trabajado a través de líderes humanos imperfectos, que eligió para dirigir a su pueblo, como Abraham, Moisés y el Rey David.

Para que estemos claros: ciertamente, lo anterior no es una excusa para tolerar el mal liderazgo eclesiástico en la Iglesia, o para argumentar que los líderes laicos no deberían tener un papel importante en el monitoreo y la reforma de ese liderazgo. Ellos deberían tenerlo. Al mismo tiempo, debemos cuidarnos de ceder a la tentación —o de tentar a los demás, con nuestras palabras y acciones— al mostrarnos como poniendo en tela de juicio la autoridad y la misión de la jerarquía dada por Dios y, por lo tanto, poniéndonos en contra de Cristo y de su misión salvífica (de una manera u otra), en nuestros intentos precipitados de fomentar la reforma en la Iglesia.

Consideren el caso de Miriam, quien, cuando su hermano Moisés eligió casarse con una mujer africana (una cusita), decidió cuestionar la autoridad que Dios le había dado porque, en su mente, Moisés se había casado, descaradamente, fuera del clan israelita. (Núm. 12) Ella, y su hermano Aarón, preguntaron despectivamente: “¿Ha hablado el Señor, de verdad, solo por medio de Moisés? . . . ¿No ha hablado él también a través de nosotros? “Miriam se arrepintió, después de haber sido castigada con lepra por su injusta rebelión.

O consideren el destino peor —la muerte— de Coré, Datán y Abirán y sus devotos amigos y familiares, cuando estos líderes también intentaron usurpar la autoridad dada por Dios a Moisés. (Números 16). De la misma manera, San Judas advierte contra tales rebeliones en la era de la Iglesia de la Nueva Alianza. (Judas 8-11)

En resumen, mientras los escándalos actuales claman por una reforma, no anulan ni pueden anular la misión de la Iglesia, que el mismo Cristo salvaguarda (Mateo 16:19), a pesar de los contraargumentos de los opositores de la Iglesia. Si la Iglesia fuera una institución meramente humana, habríamos entrado en el tobo de la basura de la historia hace siglos, precisamente, debido a los escándalos internos y, también, a las persecuciones externas.

Para que nadie piense que no soy consciente del gran daño que se ha hecho o puede hacerse debido al abuso sexual clerical, [les digo que] tengo a un amigo de hace mucho tiempo que, cuando monaguillo, fue objeto de abuso por uno de nuestros párrocos de la Arquidiócesis de Detroit. Solo me enteré años más tarde, y lo ayudé a conseguir que el sacerdote infractor fuera removido del ministerio de forma permanente en 2002.

Este amigo dice que no ha rezado durante mucho tiempo, y mucho menos ha practicado la fe católica de su infancia. Simplemente, me esfuerzo por seguir siendo su amigo y plantar semillas donde puedo, esperando y rezando para que algún día pueda distinguir claramente, a Cristo y su Iglesia, de aquellos que cometen crímenes atroces.

Como es típico en el catolicismo, enfrentamos una situación tipo ‘ambos/y’. Aquellos que han sido injuriados por los ministros de la Iglesia, y otros líderes, necesitan que se haga justicia, y un acompañamiento vigilante en su sufrimiento. Como a menudo he transmitido a católicos y no católicos que se han alejado, no permitan que nadie los prive del bálsamo sanador, y del amor que induce a la paz, de Jesucristo en su Iglesia (Juan 14:27); particularmente, en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación. No permitan que aquellos que traicionan gravemente la misión de la Iglesia les impidan ver y abrazar a la Iglesia como la realidad-dada-por-Dios, que es la Iglesia en su núcleo.

Además, para fomentar la justicia y la curación, la crítica a nuestros líderes espirituales debe ser constructiva, es decir, expresarse siempre por amor genuino a Cristo y a los fieles, incluidos obispos y sacerdotes díscolos que no solo necesitan ser castigados por su grave falta de ética, sino también llevados al arrepentimiento y a la reconciliación con el Señor y su Iglesia.

Varios individuos y grupos han pedido una investigación independiente del caso McCarrick y otros casos similares. Bajo la ley de la Iglesia, sin embargo, solo el Papa tiene la autoridad para disciplinar a los obispos. (Cánones 1405-06) El Papa Francisco debería facultar a una junta con fieles laicos expertos para que recomienden, públicamente, castigos para los ofensores, incluida la expulsión del estado clerical (Canon 1336 [§1.5]), así como medidas para erradicar la subcultura que ayudó e instigó estos escándalos. Esta junta puede aprovechar -pero no tiene que limitarse a- el trabajo de investigación de la USCCB [United States Conference of Catholic Bishops (Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos)], que el cardenal Daniel DiNardo, presidente de la conferencia de obispos, anunció recientemente.

Como el pastor supremo de la Iglesia, Francisco necesita intervenir en los Estados Unidos y en otros lugares. Estas investigaciones, aunque dolorosas, son indispensables para restablecer el orden en la Iglesia y la confianza en el liderazgo de la Iglesia. No hacerlo, supone un riesgo de escándalos nuevos e incluso peores, incluidas intervenciones seculares, y nuevas acciones por parte de almas desorientadas que fomentan el desprecio hacia Cristo y hacia la Iglesia que Él estableció

Tom Nash es asesor teológico de Eternal Word Television Network