Venezuela debe decidir su destino – Luis Fuenmayor Toro

Llegamos a una situación indeseada para cualquier nación que tenga algo de autoestima.

Algo así como si en una familia, las decisiones fundamentales que le atañen fueran tomadas por los vecinos cercanos y quienes viven en otras ciudades, sin importar la opinión de los integrantes del grupo familiar ni mucho menos sus intereses y bienestar. Los venezolanos no decidimos hoy nuestro destino, el mismo ha pasado a ser parte de las negociaciones que se puedan dar entre otros países, entre líderes mundiales, sin importar mucho lo que pensemos, queramos o necesitemos. La situación es dramática pues nos acercamos a una profundización de todas las insuficiencias vividas, que hará aparecer como muy buenas las condiciones pésimas actuales. Una invasión militar, una guerra civil o incluso algo menos dramático como la extensión reciente de las sanciones a PDVSA, colocarán a los venezolanos en condiciones infrahumanas de subsistencia.

Es comprensible la desesperación generalizada por salir de Maduro y su nefasto régimen, pero es irracional que para lograrlo haya que terminar de destruir a la nación. Se parece al paciente muy afligido, triste y desesperado, por alguna condición externa o al deprimido por trastornos internos de funcionamiento cerebral, que decide quitarse la vida para salir de la crisis. Es como la descripción que hace Rubén Blades del “último día en la vida de Adán García”, quien para enfrentar su miseria y la de su esposa e hijos recurre al acto desesperado de asaltar un banco con un revolver de juguete. Así vemos y así oímos, a familiares, amigos, vecinos y compatriotas, cuya capacidad de razonamiento se acabó, sin importar su educación, sus luchas pasadas ni sus experiencias, para dar paso a posiciones irracionales y agresivas, que en nada los ayudan ni ayudan al país.

El gobierno negligente e indolente que sufrimos no parece dispuesto a ceder en nada, por lo menos es lo que gritan o declaran sus líderes más conocidos, escudándose en un discurso manipulador y politiquero, de falso patriotismo, empeñado en no reconocer un fracaso más que evidente y en echar las culpas sobre enemigos externos, reales y ficticios, hoy muy poderosos, en un juego perverso e irresponsable que hace peligrar a toda la nación. Me cuesta sin embargo pensar que el gobierno no se sepa derrotado económicamente, pues de hecho lo está en forma más que clara, e ignore que frente a los EEUU no tiene ninguna posibilidad desde el punto de vista militar, aunque se entiende que no puede aceptarlo públicamente, pues perdería el poco apoyo popular que aún tiene y comprometería el vital soporte que le da la FANB.

El gobierno estadounidense, por su parte, continúa con sus planes de intervención y agresión, similares a los utilizados en el mundo entero y que no han dejado sino muerte, miseria y desintegración de naciones, algunas incluso de carácter ancestral. Sin embargo, curiosamente son esperados como los salvadores, por obra y gracia de la ignorancia que ve las invasiones a través de las películas gringas y de la insensatez desesperada de otros. Han encontrado su procónsul en Guaidó, quien se siente ganador y rechaza cualquier negociación y acuerdos, que nos eviten el sufrimiento por la destrucción que se producirá y la ignominia de ver a nuestra patria pisoteada por extranjeros depredadores, ante lo cual es inválida la excusa de que otros nos depredan actualmente. Salir de unos para darle paso a otros, más poderosos incluso, no parece ni siquiera un buen negocio.

Como patriota me opongo a ese destino para Venezuela, a pesar de que sé que ya buena parte del daño está hecho, como lo demuestra la profunda división existente en la población, la desintegración territorial en marcha y la lamentable pérdida de la autoestima. El reto principal que enfrentamos es tratar de salir de esta coyuntura en forma negociada, democrática, plural, nacional, pacífica y electoral, que le permita al pueblo venezolano rescatar su capacidad de decidir su futuro, hoy en manos de entes externos. La vía sugerida por la Unión Europea pudiera constituir una salida distinta, si todos empujamos en el sentido de que sean los venezolanos quienes tracen su hoja de ruta en forma clara e inobjetable. Que ese derecho no les sea arrebatado manipuladamente, con fórmulas acomodaticias no constitucionales de marchas y concentraciones, que por muy multitudinarias que sean, están muy lejos de expresar sin duda ninguna el sentir de la población.

En el Chile de Pinochet, la discusión sobre el quehacer fue zanjada mediante un referéndum consultivo, en el cual el pueblo decidió ir a elecciones presidenciales. Es un antecedente a tener en consideración.